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Agustín Cárdenas en sus 90

Rafael Acosta de Arriba

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Se cumplen los noventa años del gran escultor, artista que, junto a Wifredo Lam, son las cimas más altas de la creación artística insular de todos los tiempos. Aunque no posee una literatura crítica como sucede con la obra del autor de La silla o La Jungla, la obra de Cárdenas ha sido elogiada por grandes intelectuales europeos de la talla de André Breton, Alain Jouffroy, Andre Pieyre de Mandiargues y el martiniqueño Edouard Glissant, entre otros, quienes vieron en las esculturas del cubano referentes muy sólidos del fecundo cruce étnico y cultural entre el África, el Caribe y el surrealismo europeo.

Realmente falta un buen ensayo o un libro sobre la obra y la vida de Cárdenas entre el gremio de críticos e historiadores de arte del país. Solo algunos artículos extensos de Pedro de Oraá, su compañero entre los finales de los años cuarenta y los cincuenta, varias entrevistas de la periodista Marta Rojas y una tesis de maestría del profesor Robert Medina, es lo que básicamente se puede leer hoy en la producción escrita local sobre el escultor.

Nacido en el poblado de El Recreo, perteneciente a la ciudad de Cárdenas, provincia de Matanzas, el 10 de abril de 1927, Agustín Cárdenas Alfonso, de extracción humilde, padre sastre y madre costurera, dio sus primeros pasos en la percepción del mundo de los signos y las formas apreciando precisamente las labores de sus progenitores. Luego esa inclinación inicial se fue desarrollando y la madre lo llevó a matricular a San Alejandro, donde se gradúo años más tarde, en 1949, con calificaciones notables y de sobresaliente en las asignaturas asociadas a la escultura.

A finales de los cuarenta del pasado siglo Cárdenas comienza su inmensa obra en un taller habanero (calle Cuba entre Obispo y O’Reilly), que en ocasiones era visitado y repletado por sus amigos para la reunión y el disfrute de algunas copas. Un testigo presencial refiere que Cárdenas prefería escuchar y seguir trabajando en la pieza de turno. Igual se dice por los que le conocieron que era parco de palabras, pero cuando intervenía, había que atender sus razonamientos. Su viuda, Livia  Cárdenas, en entrevista a este autor, dijo que con el tiempo Cárdenas elaboró la siguiente divisa: trabajar ocho horas, disfrutar otras tantas y dormir el resto.

Se vinculó e integró el mítico grupo de Los Once, junto a otros diez renombrados artistas, todos jóvenes entonces, quienes realizaron un arte desbrozador y de vanguardia a mediados del pasado siglo elevando el arte abstracto a un primer nivel del panorama simbólico insular. En abril de 1953 Los Once realizaron su primera exposición, todo un suceso cultural entonces, en realidad se sabe hoy que fue un grupo que ocupó un espacio cardinal en la aún no escrita historia del arte en Cuba. Allí comenzó Cárdenas su obra personal. El tallador devino escultor. Su salida del grupo, en 1955, para disfrutar de una beca en París (otorgada por el gobierno), tuvo una influencia determinante en su desintegración, como han contado Hugo Consuegra y Raúl Martínez en testimonios por separado.

Ya en Europa Cárdenas se vinculó tardíamente a escritores, artistas e intelectuales del movimiento surrealista y con ellos tuvo sus primeros aprendizajes en el Viejo Continente. Pero la influencia del arte tribal africano, en particular el arte dogón, del cual aprovechó formas y estilo, fue determinante en la explosiva mezcla que se materializó en su escultura (en particular en los tótems de madera).

En su primera muestra fuera de Cuba, en 1959, André Bretón hizo la presentación del joven escultor llegado de una pequeña y distante isla del Mar Caribe, la que, dicho sea de paso, no disponía entonces de una visibilidad internacional (quizá con la excepción del renombre que le dio José Raúl Capablanca en el ajedrez), pues justo en ese año triunfó la Revolución Cubana y Cuba comenzaba su ingreso a la geopolítica mundial. A partir de ese año la estrella de Cárdenas se alzó constantemente  en el firmamento artístico internacional. El cubano acaparaba la atención de la crítica más exigente y exponía en los espacios más reputados de Europa.

El bronce, la madera y el mármol (muchas veces con mármol blanco de Carrara), fueron los principales materiales sobre los que esculpió su extraordinaria obra, realizada fuera de la isla principalmente, y participó por años en numerosos Simposios de Escultura en diversos países. Ya a partir de los sesenta, la obra de Cárdenas se colocó en los primeros planos de la escultura de su tiempo. Francia, Italia, Portugal, Bélgica, Suiza, Grecia, Israel, Japón, Canadá y Corea del Sur, fueron países en los que se vio trabajar al infatigable escultor matancero.

Citaré algunas opiniones sobre su obra que merecen atención:

“Cuba-París-África forman el único triángulo en el cual toda la imaginación de Cárdenas está condenada a ser inscrita”. Alain Jouffroy.

“El sentimiento animista, en el corazón del mundo, está ciertamente en el origen de la obra esculpida de Cárdenas”. R. V. Gindertael.                                                                                                      

“La escultura de Cárdenas es solar. Cada una de esas altas y negras estelas que él eleva hacia una fuente imperiosa de calor, sí, cada una de ellas denomina su sombra, ese prolongamiento por el cual arraigará en el espacio”.  Edouard Glissant.                                                                                                     

“He aquí, brotando de sus dedos, el gran tótem floreciente que, mejor que un saxofón, hace cimbrar el talle de las mujeres”. André Breton.

El sentido de totalidad de su escultura, una suerte de síntesis de las formas, alimentado por el surrealismo y con toda la cultura africana a sus espaldas, dio como resultado, al igual que en la también mestiza obra de Lam, una hibridación única e irrepetible en el universo de la escultura mundial. Su sensualidad y voluptuosidad son algunos de los rasgos que la hacen tan personal y característica. Se habla siempre de que un artista ha creado un universo propio, cuestión normal en un creador reconocido, pero lo que no es frecuente es que esa distinción, marca o estilo alcancen el rango de la universalidad, pues ya esto solo es propio de los grandes artistas. El misterio de las formas que dominó Cárdenas en sus piezas fue elogiado por un hermosísimo poema de Octavio Paz. Misterio, síntesis, sensualidad, tres conceptos que pudieran resumir el tratamiento de los volúmenes por Cárdenas.

En su escultura lo negro se encuentra en su densidad más auténtica, lo negro que invade al resto de las tonalidades y las domina, lo negro como una dimensión elegible del espectro cultural universal, lo negro, también, como esa esencia que encierra, a la vez, tanto dolor, tanto drama y tanta luminosidad.

La obra plural y cosmopolita de Cárdenas apenas comienza su ascenso en la cima del arte mundial, muchos homenajes, reconocimientos y literatura le aguardan.

A dieciséis años de su desaparición física, aquejado del Mal de Alzheimer que le provocó un triste y doloroso final, a pesar de su celebridad internacional y de que recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas (1995), pienso que, como bien ha escrito Pedro de Oraá con su conocimiento de causa insuperable, “Cárdenas es un escultor que aún debemos descubrir”. Que sirva este sencillo texto como un sentido homenaje de admiración al gran artista, al hombre que situó el arte de un cubano en lo más alto del arte universal.

(Tomado de Cubarte)