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Más allá de la escena...Fotografía cubana contemporánea de ballet.

Jennifer López Ramos

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La danza es una manifestación cultural que ha estado siempre en estrecha relación con el entorno en el cual se ha desarrollado. Su evolución ha sido paralela al propio crecimiento humano y ha respondido a sus exigencias y necesidades. Ya sea como parte de rituales religiosos, como medio de recreación colectiva o como espectáculo artístico, ha acompañado el devenir histórico de la sociedad desde sus mismos inicios.

Como una de las muchas manifestaciones danzarias, el ballet es un medio de expresión capaz de relatar historias, comunicar estados de ánimo o liberar los sentimientos más profundos de quienes lo interpretan. El carácter efímero que por naturaleza lo define, hace que solo pueda ser apreciado durante su ejecución. Aunque sea inigualable la experiencia de asistir a una función de ballet, existen momentos que nuestros ojos no son capaces de captar debido a la rapidez con que acontecen los movimientos de los bailarines. Es aquí donde la fotografía entra en escena y con su lente atrapa aquellos instantes cumbres que deben ser registrados para la posteridad.  

Si bien los primeros acercamientos al ballet por parte de la fotografía tenían por lo general fines promocionales, la complejidad que implicaba captar a un bailarín en escena contribuyó al nacimiento de una visión más profesional[1] y a la vez artística de esta vertiente danzaria.

Es a partir de la década del 20’ del pasado siglo que la fotografía de ballet comienza a apreciarse no solo como testimonio histórico del género danzario, sino también como producto estético portador de una gran emotividad. El diálogo que la fotografía estableció de ahí en adelante con los presupuestos de las vanguardias pictóricas propició cambios sustanciales en cuanto a la concepción de las obras. Todo esto, unido a las búsquedas individuales de cada creador, determinó la existencia de diversas formas de representación del bailarín como objeto fotográfico. Así por ejemplo, mientras fotógrafos como Rudolf Koppitz y Charlotte Rudolph se empeñaban en afianzar los matices líricos de las obras[2], otros como Maurice Seymour exaltaban la gracia física y gestual de los bailarines, o se interesaban por reflejar la transición hacia un gesto[3] como sucede en las piezas de Serge Lido. 

En el caso de Cuba, es a partir de la década de 1940 que está presente la fotografía de ballet como temática per sé. Los acercamientos que con anterioridad se realizaron solo incorporaron la danza o determinados elementos de ella –como las poses, los maquillajes recargados, la escenografía, etc.- únicamente como complementos visuales, abocados hacia los cánones de la tradición pictórica y fotográfica europea[4].

A partir de este momento, figuras como Julio César López Berestein y Armando Hernández López (Armand) se consagraron como fotógrafos asiduos a representar el mundo del ballet en nuestro país. Ambos lograron plasmar interesantes y muy personales puntos de vista dentro esta manifestación: Berestein, inclinado hacia la captación de la espontaneidad de los movimientos, la elusión de la imagen enaltecida del bailarín, y la experimentación con la imagen fotográfica –donde sobresale su Estudio fotográfico sobre Edgar Degas, con Alicia Alonso como protagonista-; Armand, por su parte, conocido como el fotógrafo de las estrellas, privilegia la grandilocuencia del danzante pero con un extremo cuidado de la técnica danzaria y la construcción de escenas que, aunque ficticias, no pierden su naturalidad.

Otro elemento importante en la difusión y el desarrollo de la fotografía de ballet en la Isla fue el constante interés que mostraron muchos de los miembros del Club Fotográfico de Cuba con respecto a esta manifestación. Las frecuentes visitas de fotógrafos como Emilio Contreras, Rogelio Moré, José González (Tito) Álvarez a los espacios en que se presentaba el entonces Ballet de Alicia Alonso, contribuyeron a la captación de diversas presentaciones de la compañía, siendo incluso Moré y Tito (…) los primeros en dejar referencias de fotografías de ballet tomadas desde el público, pues hasta ese momento los retratistas más renombrados trabajaban en sus respectivos estudios[5].

Con la implementación de disímiles programas educativos y culturales realizados a partir del triunfo de la revolución el primero de enero de 1959, comenzaría un nuevo período de esplendor para las artes danzarias en nuestro país. El conocido Ballet de Cuba se reorganiza con el nombre de Ballet Nacional de Cuba (BNC) bajo la dirección de Alicia Alonso y se funda también la Escuela Cubana de Ballet. Muchos de los integrantes del antiguo Club Fotográfico de Cuba se vincularon a las diferentes instituciones culturales creadas como parte de las transformaciones propugnadas por el nuevo gobierno, sobresaliendo, entre otras, la labor desarrollada por Tito Álvarez en la documentación de los primeros años de formación de la Escuela Cubana de Ballet.

La década de los sesenta representó una etapa importante para el ballet cubano, fundamentalmente por la vinculación de artistas de la plástica como Carlos Enríquez, René Portocarrero y Sandú Darié en el diseño de algunos ballets como Antes de Alba de Alberto Alonso y Dionea de Gustavo Herrera. Igualmente, figuras consagradas de la fotografía épica y publicitaria como Alberto Díaz (Korda) no pudieron contenerse ante la gracia y majestuosidad de la inigualable prima ballerina assoluta, en este caso con su serie de instantáneas de Alicia Alonso en el rol protagónico del ballet Capricho Español.

De aquí en adelante, diversos artífices del lente como Tito Álvarez, Ernesto Fernández, Vidal Hernández, Luis Castañeda y Paco Bou, se vincularon de manera sistemática a las presentaciones y actividades protagonizadas por el Ballet Nacional de Cuba. La fotografía de ballet, si bien ganó un mayor número de seguidores, durante las últimas décadas del pasado siglo se mantuvo centrada fundamentalmente en la figura de Alicia Alonso, a pesar de la promoción realizada a la compañía y demás figuras danzarias de importancia.

Durante esos años, sobresalió un continuo interés por capturar fundamentalmente todo lo que ocurría en escena, por lo cual predominó una fotografía centrada en documentar cada uno de los momentos de importancia de la compañía, pero sin dejar de lado la artisticidad que la caracterizaba.

En la actualidad, la fotografía relacionada con el ballet en Cuba ha alcanzado un mayor número de seguidores, pero la ausencia de espacios de divulgación, promoción o validación crítica de este tipo de fotografía ha dificultado su visibilidad y su apreciación por parte de los públicos. Es posible detectar un vacío en cuanto a su presencia en revistas especializadas sobre artes visuales o en publicaciones dedicadas a la cultura artística nacional. Incluso en la propia revista Cuba en el Ballet, principal órgano promotor de esta manifestación, este género fotográfico aparece en la mayoría de los casos solo como apoyo visual y no como objeto de análisis, o como fotografía de autor. 

Pese a este vacío promocional, resulta interesante en los últimos años la aparición de un discurso fotográfico diferente, que se caracteriza tanto por dialogar con la fotografía clásica de ballet y las propuestas de los fotógrafos de la segunda mitad del siglo XX, como por romper con la habitual captación del bailarín en plena ejecución de la danza.

En este sentido, sobresale la obra de Alfredo Cannatello, cuyo acercamiento al ballet si bien parte de la tradicional concepción del bailarín en escena, le aporta nuevos matices a partir de un trabajo intenso con el color y las luces. Mientras que otros fotógrafos como Nancy Reyes y Paco Bou, asiduos a trabajar con el BNC se mantienen apegados a la tradición –opción igualmente válida y digna de reconocimiento-, Alfredo Cannatello no se limita solo a registrar lo que sucede en escena, sino que aprovecha constantemente las bondades de la tecnología.

Dada la posibilidad que le ofrece la fotografía digital de manipular la imagen, Cannatello simula un marco alrededor de la propia escena fotografiada, que, unido al sentido pictorialista que conforma estas obras, ofrece la apariencia de una pintura, de un cuadro realizado por un pintor y no de una fotografía.  La teatralidad y el dramatismo de las escenas capturadas por Cannatello se ven reforzadas constantemente por esos juegos de luces y sombras que crea a partir de su trabajo con la iluminación. La intensidad del color, que aun en sus tonos más fríos transmite una calidez un tanto paradójica, es otro de los elementos que distingue su obra, de indiscutible calidad.

Paralelamente a esta concepción relativamente tradicional (aunque para nada retrógrada o anticuada) de la fotografía de ballet, se suma la obra transgresora de Gabriel Dávalos, que constituye una de las miradas más audaces sobre la danza clásica. En sus piezas propone un cambio a nivel representacional, una (re)contextualización de la imagen del bailarín clásico a partir de su inserción, no en los habituales espacios escénicos, sino en ambientes tan cotidianos como el Malecón habanero, un parque o una calle, espacios en los que comúnmente no presenciamos estas figuras.

Este creador nos incita a reflexionar sobre el mundo de la danza, pero también sobre la propia fotografía cubana actual. Su mirada hacia las figuras del ballet resulta atractiva por su valor estético y por su fuerza conmovedora, interesada en subvertir prejuicios e imaginarios sociales relacionados con este género danzario y su papel en la sociedad cubana contemporánea. Esta subversión está dada sobre todo por su interés en acercar la figura del bailarín clásico al público y a la sociedad cubana en general. Históricamente, el ballet, y por ende aquellos que lo practican, han sido considerados personajes pertenecientes a una élite, aislados de la realidad social, cotidiana, como los personajes que interpretan y no como personas comunes. La obra de Dávalos busca humanizar al bailarín de ballet, mostrarlo no como una figura idílica o inalcanzable, sino como un individuo cuyo amor por la danza le demanda un alto nivel de sacrificio y consagración, y que debe enfrentar el día a día igual que cualquier ciudadano.

Yailín Alfaro es una fotógrafa cuyo acercamiento al mundo del ballet se ha vuelto frecuente, sin embargo, su lente ha decidido capturar los instantes que acontecen antes de que el bailarín salga a escena, antes que el espectador vea a esa figura extraordinaria y etérea que más que humana, parece irreal. Su fotografía nos traslada a los camerinos, tras bambalinas, o simplemente al tabloncillo de ensayos. Vemos entonces a los bailarines preparándose para la función, maquillándose o arreglándose las zapatillas; los encontramos asomados tras la escenografía esperando su momento de salida, nerviosos ante la mirada expectante del público; o simplemente en el lugar exacto donde todo comienza, en su espacio de práctica diaria, ese sitio donde la magia que luego nos cautiva tiene su origen.

Con una intensión similar, Lidzie Alvisa transforma por completo la representación del bailarín a partir de la fragmentación de su cuerpo. Su énfasis en las piernas de los danzantes, atadas por las cintas de las propias zapatillas, sugiere disímiles lecturas que giran en torno a un nuevo discurso con respecto al modo de representar estas figuras. Ya no importa la pose, el registro de lo que sucede en escena o tras bambalinas, sino las piernas en punta y las zapatillas de ballet como elementos que suelen identificar a sus practicantes, solo que no como objetos que ellos utilizan, sino como elementos que los aprisiona, que los obstaculiza e impide el movimiento.

La alusión al sacrificio que lleva implícito el acto de bailar ballet, la constante entrega a la práctica diaria sin importar el dolor o las heridas, son algunas de las lecciones que pretende transmitir Lidzie Alvisa con esta pequeña serie dedicada a este género danzario. Su homenaje al ballet va más allá de la grandilocuencia del performance, de las pirouettes o de los grandes saltos en los que el bailarín parece volar; su homenaje va a la esencia misma de la danza, a ese momento en que los pies dejan de caminar para comenzar a andar en puntas.

Estos artistas, aunque no todos se dedican íntegramente a la fotografía de ballet, proponen obras que ameritan un mayor estudio y comprensión de este fenómeno. Se hace necesaria una adecuada promoción de este género fotográfico, pues en lo relacionado a las exposiciones, las escasas oportunidades que se han materializado no han funcionado como plataforma para su correcta difusión. Salvo algunas muestras personales de los artistas mencionados, o la exhibición de algunas de sus piezas durante las celebraciones del Festival Internacional de Ballet de La Habana[6], no ha existido ningún proyecto expositivo que se encargue de validar y divulgar, la existencia y autonomía de esta línea temática.

Si bien la fotografía de ballet contemporánea en nuestro país aún no ha alcanzado el reconocimiento que merece, los caminos por los que transita traen buenos augurios. Mientras continúe la voluntad de perpetuar la magia de la danza, de romper los esquemas tradicionales y mostrar al público un producto fotográfico no necesariamente diferente pero si renovado, de explorar fronteras que dialoguen con las tendencias foráneas, de estremecer el alma del espectador y hacerlo partícipe de la obra; mientras haya un artista cuyo lente no se limite a captar lo esperado, seguirá existiendo una fotografía cuyo sentido se encuentre más allá de la escena.

 

[1] Nos referimos con profesional a un acercamiento hacia el ballet desde una perspectiva más seria, no tomándolo como mero entretenimiento o acto espontáneo, sino como una acción que implicaba un rigor determinado y la puesta en práctica de conocimientos danzarios.

[2] Durruthy Peñalver, Isachi. Fotógrafos cubanos de ballet. La obra de Tito Alvarez, Ernesto Fernandez y Luis Castañeda. Tesis de Diploma. Tutora Msc. Grettel Morell Otero. Facultad de Artes y Letras. Universidad de La Habana. 2009-2010, p.18.

[3] Ibídem, p.18.

[4] En este sentido, la bibliografía señala a Joaquín Blez como el principal autor que impregnaba sus fotografías con esa artisticidad proveniente del mundo de la danza, fundamentalmente del ballet.

[5] Durruthy Peñalver, Isachi. Op. Cit, p.33.

[6] El Festival Internacional de La Habana es -desde su creación en 1960- el principal espacio en el cual se puede apreciar fotografía de ballet. Solo en los predios de este evento o en alguna muestra individual de los creadores, la fotografía de ballet puede ser vista por el público. A ello se suma el hecho de que durante muchos años, las piezas que generalmente se exhibían o las pocas exposiciones que se realizaban, tenían a Alicia Alonso como principal protagonista. 

Jennifer López Ramos

Matanzas, 1993. Licenciada en Historia del Arte.

Yailín Alfaro. De la serie En attendant. Fotos cortesía del autor del texto.
Alfredo Cannatello. Ballet La casa de Bernalda Alba. Fotografía inédita. Cortesái del autor dle texto.
Gabriel Dávalos. De las erie Habana sensual. Fotos cortesía del autor del texto.
Lidzie Alvisa. De la serie Rodapies. Fotos cortesía del autor del texto.
Paco Bou. Viengsay Valdés. Fotos cortesía del autor del texto.