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Texto Curatorial. Exposición Goingawaycloser

Blanca Victoria López

#Cuba #Cubaescultura #CNAP

Casi todo mi trabajo (Abel González) lo he dedicado a destruir lo que podríamos llamar el fundamentalismo de “lo cubano”. Este fundamentalismo (la mayoría de las veces de corte folclórico) no está solo, digamos que el fundamentalismo latinoamericano[1] es su padre y que, además, es el producto de una complicidad perfecta entre la demanda de exotismo sobre Cuba de las expectativas culturales europeas o norteamericanas, y el deseo profundo de muchas instituciones locales por insertarse en un mercado que banaliza la estética de la diferencia, la reduce a sus lugares comunes más evidentes.

Más allá del gesto habitual de reproducir patrones, la tradición cubana se encuentra dispersa y fragmentada. El trazado geográfico de sus influencias cosmopolitas (la alta cultura latinoamericana, europea, norteamericana o asiática) hace que podamos habitar en dos tiempos, dos lenguas, o dos espacios simultáneamente. Este lugar curioso, inestable, reflexivo (la tentación del plagio, la combinación de registros y visualidades, el cuestionamiento de los géneros, la apertura a experiencias culturales desconocidas)persiste en oposición a un clima de aislamiento político y se proyecta hacia el futuro.

Una complejidad parecida la encontré en los artistas japoneses y en el pensamiento de sus curadores. Del Japón sobre el que solo había imaginado la marcialidad de los samuráis, los rituales artísticos del budismo zen y la impersonalidad de los tamagotchi, descubrí formas de comprender la vida que no están ajenas a su tradición milenaria, ni a la modernidad tecnológica, pero que, sin duda, las trascienden.

La exposición Goingawaycloser no es el consumo deliberado de una cultura hacia otra. Su efecto podría definirse como el de una “fricción atractiva”, es decir, un evento que incluyelos deseos de llegar a comprenderse mutuamente, al mismo tiempo que no desconoce la distancia entre personas tandiferentes: los silencios producidos ante el misterio que representa el otro.

Podemos sospechar la forma de este efectode “fricción atractiva”. Pongamos, por ejemplos:la confrontación entrelas escenas de vida de ciudades como Tokio y La Habana, representada por la obra de KazutomoTashiro y Leandro Feal respectivamente;o el interés por la voluntad de los objetos (japoneses o cubanos o del mundo) de José Manuel Mesías y YukoMohri; las reflexiones políticas a través del lenguaje de la abstracción de Reynier Leyva Novo y TadasuTakamine; o el contrapunto paradójicoentre tecnología (Aires de Tokio de Glenda León) y artesanía enTakahiroIwasaki.Los artistas cubanos aquí representados generan un extrañamiento de las formas habituales en las que se consume el llamado “arte cubano”. Está claro que esta selección no es absoluta y,aparte del intercambio con la escena japonesa, es interesante y provechoso que el Centro Wifredo Lam acoja, una vez más, a artistas jóvenes, un impulso institucional que no debería perderse.

De acuerdo con el profesor (Blanca Victoria) NikosPapastergiadis:“la colaboración es una forma de recibir a los otros, la cual involucra el reconocimiento del lugar de donde provienen y la proyección de una nueva línea que marca el horizonte hacia el cual se dirigirá la práctica en conjunto”[2]. Visto así, la exposiciónque sometemos a su consideración, no solo se presenta como resultado del primer ejercicio común entre el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam y la Fundación Japón, sino que es el hecho concreto donde se manifiestan complejos procesos colaborativos que acontecieron a lo largo de casi dos años de trabajo.

Esta muestra nos solo nos enseña acerca de arte y patrones visuales, sino también (antropológicamente hablando) cómo viven y trabajan los japoneses, cómo organizan sus instituciones, cómo viven sus artistas, de qué dependen.

Tratándose de dos horizontes espacio-temporales tan disímiles, adquieren especial protagonismo las estrategias comunes de comprensión, asimilación y convivencia desarrolladas por ambas partes, siempre en función de favorecer un acercamiento, no solo de las prácticas artísticas contemporáneas de nuestros países, sino de las sensibilidades y modos de hacer a través de los cuales se descubren los diferentes contextos socioculturales en los que se produce una obra.

Es así como en estos meses fuimos protagonistas de inevitables desplazamientos consensuados que se produjeron desde los territorios individuales −físicos o no−, hacia un espacio común, más flexible y profundamente enriquecido a partir de las nuevas perspectivas aportadas por el trabajo conjunto. No me refiero únicamente a las negociaciones que en materia de conceptos estéticos y procedimientos de trabajo se efectuaron en el proceso, sino también a la efectiva asociación entre los diferentes agentes del medio del arte que en él intervinieron. Curadores independientes, instituciones, artistas, funcionarios de la Fundación Japón y otras organizaciones conformaron un equipo multidisciplinario en el que cada cual aportó sus habilidades desde disímiles posicionamientos ante el hecho artístico, al convertir este ejercicio no solo en un ensayo de conformación de nuevos horizontes culturales, sino en una experiencia de transformación personal.

Blanca Victoria López y Abel González

 

[1]

[2]Papastergiadis, Nikos:“La práctica creativa y el pensamiento crítico”, en Enfoques a distancia sobre la producción de  cultura en la situación contemporánea, TEOR/éTica, 2005, p.12.

 

Licenciada en Historia del Arte de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana.

Especialista del Centro de Arte Contempor{aneo Wifredo Lam y de la Bienal de La Habana.