Ahora los artistas juegan al pinball. Un acercamiento a la exposición colectiva Pinball Club


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Cartel de la exposición "Pinball Club". Autor: FrykiColors

Por: Laritza Suárez del Villar Suárez

Historiadora del arte y profesora del ISA.

 

 

Las cúpulas, estudios-talleres por antonomasia de los estudiantes de artes visuales de la Universidad de las Artes (ISA), han salido del recinto de enseñanza artística para trasladarse hacia el circuito de galerías nacionales. La Empresa Génesis y los artistas pedagogos de la Facultad de Artes Visuales convinieron un evento de exhibición a gran escala pública para mostrar las obras, en la mayoría de los casos, propuestas como proyecto de tesis de jóvenes que finalizan su paso por el ISA.

A la galería Servando llegaron los resultados de 5 años de aprendizaje, reinversión y existencialismos durante la carrera de seis emergentes creadores, para así inaugurar el pasado 15 de julio la exposición colectiva Pinball Club. El nombre del juego electromecánico de salón —consistente en mantener el mayor tiempo posible una bola en movimiento en el tablero— es el título de una iniciativa institucional que pretende destacar los frutos de la labor artístico-pedagógica del recinto universitario y brindar un distinguido ejercicio de culminación de estudio a los artistas de 5to año.

Pinball Club es la marca con la que se presenta el último producto del ISA ante el panorama artístico nacional, como han nombrado a parte de su promoción, Héctor, Marlon, Daimely, Yamil, Omar y Brenda, al decidirse a participar en el juego que contiene y propone la maquinaria tragamonedas. Los artistas, como partícipes de un entretenimiento competitivo, defienden individualmente los valores conceptuales y procederes de su propio mundo artístico, y a su vez aspiran a insertarse y descollar en el entramado del arte cubano contemporáneo o, más complejo aún, mantener en gravidez y movimiento la bola del juego una vez impulsada.

Pinball Club como partida expositiva se caracteriza por poseer distintos lenguajes y medios. Algunas obras son petardos, resortes u algún obstáculo que impide avanzar en el tablero electrónico. No hay un discurso curatorial central y lógico más allá del pulso casi instintivo de lanzar y mover la bola. La naturaleza diversa del acontecimiento también es acentuada por una museografía que consiste en ubicar en cada rincón de la galería las piezas inamovibles. La disposición casi hermética de las obras da sensación de vacío en el espacio y a la vez de varias exposiciones, de ser el evento una partida séxtuple en el tablero. Las entradas y salidas a cada zona del artista en la galería impactan el recorrido convencional —lineal y transitivo— al que está acostumbrado el espectador y a sus efectos, se descubre que hay materia de cada uno de los artista en el otro, quizás se trate de las marcas comunes dejadas por los talleres de críticas o las influencias a manera de molduras de algunos profesores. Por eso cuando se llega a la apreciación de las piezas sucede un choque y atasco visual, un rebote conceptual hacia cualquier obra o un deslizamiento basado en vínculos sutiles.

Omar Tirado. Escena VI y Escena VII, 2022. Foto: Yamil Orlando.

Héctor Onel Guevara. Senescencia. El templo de las ratas. Ritual Kurk. Nantaimori. Protocolo. El amarillo es repulsivo. Birth Day. After Party. La meseta. Luz roja, 2022. Foto: Maité Fernández.

La dinámica de «peloteo» de la exposición empieza con las obras de Omar Tirado y Héctor Onel Guevara. Los lienzos de enormes dimensiones, colocados dos frente a uno, crean y cercan al espectador en un campo visual. Las dos pinturas de Omar Tirado son barrocas, al crear collages pictóricos sobre objetos y elementos que habitan en la estética vernácula de varias casas cubanas, mientras que del lienzo de Héctor Onel Guevara se diría mejor que es borrascoso, explosivo o tormentoso. El artista practica un proceso que ha denominado «repintura», el cual consiste en pintar diversas vanitas de bodegón en un solo lienzo, ya corroído por los pigmentos y el fregado al que es sometido para albergar otros cuadros más.

Daimely Lorenzo. El lugar q nunca fue, 2019-2022. Foto: Yamil Orlando.

La mirada del público indudablemente se detiene en las técnicas y procederes utilizados para renovar el medio y se marea entre tanta sobredosis de colores y los muchos detalles composicionales encontrados. Las piezas son el resultado condesado del ejercicio de estos artistas, muestran los efectos de una causa que Daimely Lorenzo convierte con su instalación. Ella concreta su visión del estudio taller al recrearla en la galería. El espacio lo llena de ideas esbozadas en dibujos, palabras o en el gesto de colocar determinados objetos. La percepción sensible de los fragmentos y detalles sutiles provoca la presencia de una obra inteligible. No se ve o se palpa, solo se siente que está ahí, conformada perfectamente, y de materializarse quedaría incompleta e insatisfactoria para ella. Esta instalación es el trampolín hacia todas las demás obras de la galería porque muestra la nave con la que el creador viaja a otros mundos imaginarios. Mientras, Brenda Cabrera aterriza ya en la tierra y materializa en papel fotográfico las imágenes de dimensiones sobrenaturales que llevan tiempo navegando en el metaverso. Las tres pinturas digitales contienen personajes afeminados acompañados de animales monstruosos en escenas cotidianas atemporales. Brenda crea la historia de un prototipo queer a partir de un reciclaje creativamente reacomodado de estándares bellos y elementos grotescos. La conjugación de dos de las categorías estéticas —la belleza y lo grotesco— engrana perfectamente con el tipo de obra que circula en la burbuja virtual de los non fungible token (NFTs por sus iniciales en inglés), de la cual forma parte su serie y también el resultado de la colección de videos de Yamil Orlando previsto para mostrarse como NFTs.

Brenda Cabrera. Pool experience II, Imperial portrait, Efectos secundarios. ¡Aguanta! De la serie Prototipos, 2020. Fotos: Maité Fernández.

La proyección audiovisual contiene escenas de paisajes urbanos que una vez fueron escenarios de películas cubanas. Yamil conscientemente repite en su videoarte las tomas cinematográficas, para así dialogar sobre cómo los procesos artísticos corrompen la originalidad de una obra cumbre y cómo el presente desarrollo de las TICs (tecnologías de la información y la comunicación) permite que piezas como esta o cualquier otra que recurra a la apropiación, sean certificadas como auténticas y legítimas gracias a un contrato inteligente firmado para convertirlas en NFTs. Yamil trae a un debate actual postulados posmodernos del siglo xx relacionados con la originalidad y el aura de la obra.

Yamil Orlando. Fátima, Cuarteto Habana, Amor Vertical. De la serie Cruces, 2021. Foto: Yamil Orlando.

Esta es una pieza que trata de sí misma y de la concepción sobre el arte, mientras que el dúo de trabajo Ups!, compuesto por Héctor Onel Guevara y Marlón Riverón, se dirige más hacia la posición del artista frente a la creación y circulación del arte. Las acciones de Ups! evocan el carácter de espectáculo y el trato circense de los entramados del arte, a través del cobro de la entrada a la galería y un payaso que busca la atención del público con su trompeta y monerías. La idea que manejan es directa y la metáfora del payaso como burla a la institución arte es un recurso sensacionalista. Ups! opera así, por postulados concisos y artificiosos que desestabilizan una tesis o un proceso de rasgos axiomáticos. El dúo ofrece una rápida y fugaz experiencia de desautomatización a los asistentes, y afianza el sentido lúdico que posee el título de la muestra, llegando a ser irreverentes con la propia naturaleza del evento.

Ups! We like to make money, 2022. Fotos: Maité Fernández.

De alguna manera los seis nóveles al participar en la exposición asumen la irreverencia. Ese ha sido el fluido vital de las generaciones de artistas que fueron o son jóvenes en Cuba, las cuales, para no agotarse ante lo adverso y desistir de crear, han buscado y buscan sus paliativos. Uno de ellos, el más ególatra, es crear y encerrase en sus verdades, mientras que el otro, es jugar en un contexto de estética surrealista y con errores de programación. En el caso de los jóvenes representantes de la última promoción del ISA se decantaron por ser, en términos deportivos, los «canteranos» de las ligas del arte cubano. Así que ¡a jugar pinball! y a tratar de mantener siempre la bola en movimiento.


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