El Edén habanero de Tamayo


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Reynerio Tamayo junto a una de sus obras en su exposición personal Edén Habana foto Maité Fernández

El Edén habanero de Tamayo

Jorge R. Bermúdez

Ensayista, poeta y crítico de arte

 

Si bien entre nosotros no cabe hablar de una noche prodigiosa como aquella en que los dioses reunidos en Teotihuacán decidieron crear el mundo, sí es posible hablar de un comienzo más reciente e igual de prodigioso. ¿De dónde nos vino este fuego? No fue, por supuesto, de la noche de los tiempos, sino de las entrañas mismas de la vida… La poesía y las artes fueron las ramas de este fuego. Y de una de ellas, de la pintura, se trata el presente texto. Para mayor precisión, de la reciente exposición de Reynerio Tamayo, que bajo el título Edén Habana, se inauguró el jueves 14 de noviembre en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, con motivo del 500 aniversario de la ciudad de La Habana.

Y de La Habana y de sus hijos más notables y de su gente, a veces, en demasía bulliciosa, se trata en esta ocasión. La misma Habana que se agarra de cualquier cosa por tal de retratarse bajo la aureolada reaparición de la Virgen de la Caridad del Cobre en su bahía (Habana Selfie Tour, 2019), y de algunas situaciones más. En una posmodernidad tardía, cuyos remanentes se ramifican en una suerte de pos arte, donde todo cabe y vale, menos no participar, Edén Habana se construye desde una diversidad y eclecticismo que, como capas tectónicas, se superponen y activan por épocas, dándole a nuestra capital una identidad urbanística e histórica muy propia.

Con esta exposición, Tamayo reafirma que es un artista de los más consistentes de nuestro ámbito visual contemporáneo, donde plástica y gráfica se dan las manos; para ejecutar en cuerpo y alma el más secular y humano de los actos: brindar testimonio por la imagen. En efecto, la dualidad plástica-gráfica se da en nuestro artista a partir de las razones siguientes: es creador visual, porque cada obra es única y fuente de su propio mensaje; es gráfico, en tanto el dibujo-concepto predomina sobre el color, lo que hace factible que la mayoría de sus obras admitan ser impresas y reproducidas sin pérdida alguna de su cualidad mayor, el carácter inequívoco del mensaje que nos transmite, incluso, cuando este mensaje se sutiliza, como en el lienzo Martí tiene la llave. A este habanero impar, universal, le siguen, entre muchos otros, el primer historiador de la ciudad (Emilio Roig, 2019), todo sonrojado por el cariñoso apretón que le da la hermosa Giraldilla, y el Caballero de París, cuya enrevesada cabellera se entreteje con la lunática claridad de la Noche estrellada de Saint Rémy, de Vicent Van Gogh.

En Tamayo, la frontera entre plástica y gráfica, lejos de hacerse borrosa, como sucede con otros artistas de nuestra contemporaneidad, está más que definida, aun cuando la diversidad de asuntos y personajes de Edén Habana podría hacer creer en una caotización del espacio expositivo. La gráfica, más que la plástica, contribuye a esta unidad de sentido, sobre todo, porque hace más admisible el uso sistemático del humor,  bien de manera velada o directa, en tanto hilo conductor de un guión visual que en ningún momento rescinde de los valores propiamente estético-comunicativos de cada mensaje. 

A fin de cuentas, Tamayo nos hace saber que, si bien el Edén bíblico está muy distante de manifestarse en la capital de todos los cubanos, hay algo de él que nos recuerda las hojas de parra y, sobre todo, la necesaria cultura para no caer en el pecado original de todos los pecados: no saber, no entender. 

Una serie de particular interés es la que tiene como asunto integrador la emblemática arquitectura de la Escuela de Artes Plásticas del otrora Instituto Superior de Arte (actual Universidad de las Artes). Las muy particulares arcadas de ingreso a esta construcción, diseño del arquitecto cubano Ricardo Porro, así como sus cúpulas, a la manera de la que corona la stupa búdica de Sanchi, generan una suerte de asociaciones y rediseños que van de la primera de las grandes catedrales góticas, Nuestra Señora de París, hasta las naves del filme La guerra de las galaxias, pasando por la universal presencia de la mujer de Giocondo, en esta ocasión, inserta dentro de la tendencia de la pintura posmedieval cubana. [1]

Lo universal en lo particular, una vez más, sedimenta una continuidad en el tiempo y el espacio que argumenta a favor de una cultura nacional que no ha dejado de crearse a sí misma, por el aquello de que venimos del mundo y vamos a perpetuidad hacia él. Como decíamos al principio de este texto: si bien no tuvimos una noche prodigiosa como la de Teotihuacán, estos quinientos años como Llave del Golfo, Antemural de las Américas y capital de la primera revolución socialista del hemisferio occidental, no son poca cosa, sobre todo, para un pueblo cuya heredad de intemperies y esperanzas aún le dan fuerzas para decir: sí se puede.  Y lo que es más ostentoso todavía, crear un Edén donde es posible todo, o casi todo. 

 

 

[1] Jorge R. Bermúdez: «La pintura posmedieval cubana», en Lo eterno de todos los días. Artecubano Ediciones, La Habana, 2017.


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