El mundo que Muñoz Bachs nos «fabricó»


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El mundo que Muñoz Bachs nos «fabricó»[i]

Por: Antonio Pérez González (Ñiko)

Imágenes: archivo de Artecubano Ediciones

 

Es un espacio poco alumbrado, intensamente oscuro. En el plano frontal se recorta una puerta. Esta se abre, suavemente, rechinando, dejando ver en el rectangular vano un muy luminoso paisaje de imágenes que asombran. Se escucha un barullo de gritos. Aparecen dos individuos que se enfrentan en planos divergentes, uno superior, el otro inferior. Aquel, mal encarado; el otro, resistiendo pacientemente. Son «vecinos» que se reclaman del ir y venir cotidiano.

Cartel para Responde por ti mismo (serigrafía sobre papel, 1976)

Mientras tanto, salta, vuela, una pelota que se detiene contra el extremo derecho del formato. Hay una sensación de angustia porque algo va a suceder. Parece que han desaparecido algunos niños. En la distancia se escucha el chillar de un ave. Es, sin duda, un cuervo negro de ojos resplandecientes, rojo, magenta. Se deja caer en picada para atrapar una pequeña y colorida pelota que pretende picotear o tal vez tragar. En su cresta, contraria a su naturaleza, se dejan ver cruces que obligan a suponer conflictos trágicos, o a pensar que si le dedicas atención tendrás que soportarlo, criarlo y que, por lo tanto, habrá consecuencias.

Fotograma del dibujo animado El cowboy (década del 60)

Entre la claridad y la calidez del paisaje se escucha una voz fuerte, impregnada de pasión. Es la cantante que espeta un sinfín de sonidos como ave canora, convertida en desafiante gallo por su fuerza expresiva. Seguimos por el espléndido camino subiendo ahora una serpenteante elevación. Desde arriba se vislumbran, en la lejanía, unos extraños arbustos muy ramificados que terminan en sugerentes nubes de colores cálidos cual cintas cinematográficas. Todo se detiene y surge una pregunta. ¿Por qué ese hombre todo rayado no para de hablar consigo mismo? ¿Por qué su plática está adornada de también rayados colores? Ahí, sobre un cajón transparente, descansa una dibujada silla de azules y verdes. Se inclina y retuerce, esperando al necesario «reo» que ocupará su inevitable y trágico designio.

Ilustración para Cuentos de animales (Gente Nueva, 1964) 1

Le damos vuelta al amarillento fondo. Delante nos mira un hombrecito despeinado con cabellos ensortijados que se asoman bajo un ennegrecido sombrero en forma de hongo. Se desplaza sobre una letra «a», llena de variadas y pequeñas ruedas de antiguos triciclos o, mejor, «nonaciclos», pues son nueve. Por suerte, corre entre delgados trazos que separan a la furibunda vegetación dejando salir libre a la volátil mariposa.

Ilustración para Cuentos de animales (Gente Nueva, 1964) 2

Del lado derecho de la pared se observa un antiguo cartel que se ha conservado a pesar de la inclemencia del paso del tiempo. Allí la figura de un infante compite con el picaresco pájaro que se ha convertido en un «garabato» de letras y colores. Podrá ser de noche o una alumbrada mañana, de cualquier manera se pasea sin preocupación un «enguayaberado» vampiro. Es la época convulsa de los años treinta de la habanera ciudad. Es La Habana de ese maravillado hombre que se atrevió a crear tantos paisajes evocadores, repletos de imágenes, ideas y colores. Es el lugar que inspiró esa lúdica imagen de pastel en forma de casa de vecindad, llena de puertas y ventanas abiertas. Banderines que flotan ayudando a repetir la inolvidable fiesta en compañía de esa niña que espera su vals para que no la olvidemos y lo pueda bailar con él.

Ilustración para Los payasos (Gente Nueva, 1986)

Me gustaría pensar que el retrato que aparece en el cartel Fidelidad es el de este constructor de universos visuales que llenó nuestras vidas con un silbar dulce y tierno que se escuchará por siempre. Nunca dejaremos de disfrutar tanta creatividad. Es imposible que, apreciando cada uno de los trabajos que se van mostrando en la búsqueda de tantos recuerdos, del camino que nos fabricó, de los paisajes imposibles de repetir por otros, pasemos de largo y nos perdamos el obligado detalle de cada obra fabricada. Cada uno de sus carteles, de sus ilustraciones, de los pedazos de su vida toda, de su humor inolvidable, fueron tan naturales y fáciles de sentir que se mantienen aquí en lo más profundo de nuestros corazones. Sé que él alcanzó diseñando el límite de la belleza y nos lo dio para que seamos felices, sin pudor, llenos de esa gráfica irrepetible.

Matriz para el cartel El caballito mágico (tempera sobre cartón, 1979)

Matriz para el cartel El gato con botas (tempera sobre cartón, 1962)

Muñoz Bachs frente a un mural realizado por él en el cine 23 y 12

 

 

[i] Publicado originalmente en Muñoz Bachs, Artecubano Ediciones, La Habana, 2015, pp.: 21-23.

 


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