Heridas, cicatrices, Antonia…


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Exposición "Heridas sobre el papel", Galería Galiano, Junio-agosto, 2022

Dainelis Morgado González

Licenciada en Historia del Arte. Trabaja en el Centro de Documentación de las Artes Escénicas María Lastayo. Textos suyos se encuentran en La Jiribilla y en la revista especializada Toda la danza. Es colaboradora del Boletín Prometeo que emite el propio Centro de las Artes Escénicas.

Fotografía: Maité Fernández Barroso

Pretextos sobran para exhibir una vez más la obra de Antonia Eiriz en Cuba. Lejos de tildar el tema de recurrente y aburrido, su arte se presenta siempre con matices novedosos. Antonia trasciende la materialidad mediante sus cuadros, esculturas y papeles maché, su obra toda es una colección de historias y luchas que se vuelven indispensables para la cultura contemporánea cubana. Su carrera fue tan prolífera que siempre quedan rezagadas algunas zonas de su quehacer artístico, por ello una antología visual se convierte en una experiencia totalmente novedosa.

Vistas de la exposición Heridas sobre el papel, Galería Galiano, Junio-agosto, 2022

En este caso, Heridas sobre el papel funciona como una manera especial de celebrar, junto al espectador, un aniversario más de Galería Galiano. La historia de esta institución se convierte en un caleidoscopio que se expande y diversifica mediante su relación con los artistas que en ella han hecho historia. En su sesenta cumpleaños no podía dejar de mostrar en sus paredes la obra de una de las artistas más importantes de Cuba y el Caribe, con la cual posee, además, interconexión histórica.

Sin título, 1960. Litografía en colores sobre papel, 37 x 29.5 cm

El pasado 23 de junio volvió a la luz Antonia Eiriz, gracias a una colaboración entre el Museo de Bellas Artes, el Fondo Cubano de Bienes Culturales, el Ministerio de Cultura, Collage Habana y por supuesto, la homenajeada Galería Galiano. Hasta el 31 de agosto estará a disposición del público una muestra de cincuenta obras que interactúan entre sí como un texto que evoluciona en el tiempo sin perder su línea discursiva. Es una revisión de su obra en varias técnicas, donde se privilegia la gráfica como parte importante de su quehacer artístico y la impronta del Taller de Gráfica Experimental de 1962 en su vida como creadora.

Sin título, 1963. Litografía en colores sobre cartulina, 44 x 33.8 cm

Entre litografías, acuarelas y xilografías se evidencia la fuerza expresiva de Antonia. Se observan obras que se exponen por primera vez en la Isla junto a otras que constituyen pilares de la cultura cubana. El equipo de curadoras Teresa Toranzo, Sandra García Herrera y Patricia Santos Hernández, crearon un recorrido visual inteligente que posiciona dibujos y grabados de menor formato en la primera sección de la galería. Esta primera sala acomoda a los ojos inquietos con obras menos conocidas, no por ello carentes de la belleza grotesca/naif que las caracterizan. Con excepción de Mis compañeras, que posee una posición privilegiada, el resto son grabados de menor formato. La segunda parte de la galería irrumpe con cuadros mayores y por tanto más impresionantes; toda una explosión de formas que parecen salir de las paredes y convertir aquel espacio en suyo.

Mis Compañeras, 1962. Tinta sobre papel, 123 x 150 cm

La zona se vuelve asfixiante ante siluetas humanoides, quienes con su fealdad natural crean un ambiente de fascinación sobrenatural, de tensión cardíaca. Quizás por ello el título tan oportuno de la muestra. El cúmulo de emociones que logra el recorrido curatorial, es el mismo que se reconoce en la obra toda de Eiriz. Retazos de historias, personajes agonizantes, heridas abiertas que no acaban de cicatrizar porque el mundo espiritual no deja nunca de incomodar. Parafraseando a Yuris Nórido, «Antonia duele, arde como el fuego de un pasado que no es tan pasado. Su obra, sobre todo la de origen planimétrico, es una verdad incuestionable, un cosmos incomprendido, hermoso».

Muñecón, 1959. Tinta sobre papel pegado a madera, 90 x 70 cm

Víctimas de la tiranía, 1962. Tinta sobre papel pegado a masonite, 147.5 x 188.5 cm

Volver recurrentemente a Antonia es legar a las nuevas generaciones un amor inexplicable hacia el arte cubano. Poner de relieve la importancia y la impronta que artistas como ella tuvieron en el devenir de las artes plásticas cubanas es labor constante. La sinceridad de sus ideas se plasmó como agua cristalina en lienzos, maderas, óleos y se transformó, en ocasiones, en esculturas y muñecos. El alcance de la estética de Antonia Eiriz en la cultura cubana no se descifra del todo, y aun cuando se logre, solo la inmortalidad de sus heridas quedará como legado.


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