Instantes a solas


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Instantes a solas

Por: Maikel José Rodríguez Calviño

Narrador, crítico de arte y periodista. Editor del periódico Noticias de Artecubano

Fotos: Maité Fernández Barroso

 

Entré en contacto con la obra fotográfica de Daniela Águila mediante dos muestras organizadas por especialistas de la capitalina Galería La Nave. Desde la primera ocasión supe que tenía frente a mí a una artista joven, en conformación, pero con mucho que ofrecer. En fecha reciente tuve la oportunidad de ratificarlo gracias a la exposición personal Aisladas, curada por Yoandra Lorenzo para el mismo espacio, sito en 18, entre 7ma y 5ta avenidas, Miramar.

En este caso, Daniela recurre a la pintura, su verdadera especialidad, y lo hace a partir de dos referentes insoslayables: el Pop Art, tendencia del arte moderno desarrollada en Inglaterra y Estados Unidos en los años cincuenta y sesenta del siglo XX, y el arte naïf de Henri Rousseau, artista francés cuya peculiar poética, precursora del Surrealismo, floreció a finales del siglo XIX y principio del siguiente.  

Daniela Águila - El Sonido del Alba (2021, acrílico sobre lienzo, de la serie Aisladas)

Esta fricción iconográfica entre dos manieras pictóricas tan diferentes constituye el principal atractivo de Aisladas; es su razón de ser, su columna vertebral. Del galo dominguero la pintora toma el paisaje bucólico y silencioso, representado con un nivel de detalle que muestra, de forma inconsciente, las costuras del artificio, siendo lo artificioso, ahora, una búsqueda consciente. También incorpora el tratamiento de la figura femenina, explorada por El Aduanero de forma peculiar en piezas tan conocidas como El sueño (1910), donde vemos a Yadwigha, su amante polaca, transformada en diosa selvática y musa que espera.

Daniela Águila - Las locuras de Ale (2021, acrílico sobre lienzo, de la serie Aisladas)

Del Pop Art procede el uso del color en clave serigráfica, reservado por Daniela para las protagonistas de sus composiciones: mujeres, muchas veces anónimas, captadas durante un momento de introspección, de búsqueda interna que se traduce en un estado de equilibrio físico-espiritual, de realización personal. Simbólicamente, estas mujeres se cargan de luz o de radioactividad, o traslucen sus espectros personales, silenciados hasta el momento por un orden patriarcal que las encorseta y violenta. Solo en estos instantes de soledad alcanzan su plenitud, se auto-reconocen y comprenden a cabalidad para, luego, deslumbrar al mundo.

Así, la artista explora, con delicadeza e inteligencia, una vertiente del discurso de género que no rechaza la belleza del cuerpo femenino joven, sensual y desnudo. ¿Cómo evitar la cosificación? Gracias, precisamente, a la antedicha fricción iconográfica entre pop y naïf, entre el paisaje, sea rural o doméstico, y los cuerpos que los habitan. Este incómodo roce evidencia que Daniela busca algo más allá de la mera representación de mujeres en un espacio bucólico, cuasi inamovible; ellas mismas permanecen en reposo, están quietas, sentadas en un muelle, reposando en el césped, brotando de las aguas, pero esa quietud es aparente o, mejor dicho, propiciatoria de la explosión cromática, esto es: de la explosión vital, que contrasta contra la «perfección» técnica del contexto, catapultándose así a niveles de significación que rechazan el tratamiento del cuerpo femenino exclusivamente como objeto del deseo patriarcal. Aquí, plenitud física es sinónimo de plenitud intelectual, emocional y espiritual. 

Llama la atención que la artista no haya renunciado del todo a la fotografía, presente en las instantáneas tomadas a quienes habrían de servirle como modelos. El empleo de lo fotográfico como herramienta previa al ejercicio pictórico es común en una joven generación de creadores cubanos que incluye, por solo citar algunos ejemplos, a Alejandro Gómez Cangas, Miriannys Montes de Oca y Yuri Santana. La artista que ahora nos ocupa echa manos a las prerrogativas que, en este sentido, le ofrece el octavo arte, devolviendo piezas de corte «surrealizante» como Virgata (2021), cuya composición me remite, inevitablemente, a las representaciones de felinos ejecutadas por Rousseau, o el retrato colectivo El fin de la eterna espera (2020), obra con la que cierra la exposición.

Especial atención merece esta pintura. En ella distingo homenajes a figuras notables dentro de la Historia del arte, como la pintora mexicana Frida Kahlo y la diseñadora francesa Coco Chanel. Pienso que Daniela tiene en dicha obra el germen de una futura serie-exposición centrada en mujeres significativas que, a nivel mundial, hayan destacado en diversas esferas del pensamiento y la industria humanos; mujeres cuyas efigies también pudieran ser abordadas con las peculiaridades iconográficas desplegadas en la exposición.     

Daniela es una estudiante que apenas inicia su recorrido dentro del arte cubano. Su afán por explorar diferentes medios se traduce en la presencia de Simbiosis I y II (2020), dos instalaciones que complementan la puesta en escena de Aisladas, y en la ejecución de versiones serigráficas de La mañana después (2020), realizadas en colaboración con el Taller de Serigrafía René Portocarrero. Desde el punto de vista curatorial, la muestra hubiera podido prescindir de las instalaciones; sin embargo, que hayan sido incluidas no resta protagonismo a las verdaderas «estrellas»: esas pinturas henchidas de quietudes fructíferas, de soledades fecundas, de pausas necesarias para renovar energías y proseguir el camino de la realización colectiva y personal. Realización que Daniela, en cuanto pintora, mujer y ser humano, busca con fuerza y tesón.


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