La mitad de la vida….


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José Miguel Rodríguez Cadalso

La mitad de la vida….

Cristina González Béquer

Imágenes tomadas del perfil del artista en Facebook

 

Si José Miguel Rodríguez Cadalso nació en 1983 y cumple este 2021 sus primeros veinte años de trabajo, la más simple operación aritmética nos está diciendo que sus manos laboriosas han pasado más de la mitad de la vida construyendo belleza, a punto de partida de un trozo de madera.

José Miguel Rodríguez Cadalso trabaja en uno de sus abanicos de grandes proporciones

Era apenas un adolescente en 1998 cuando concluyó su curso de carpintería en la Escuela de la Oficina del Conservador de Trinidad. Con su título en la mano no podía imaginar cuál podría ser su destino, hasta que, en los albores del siglo XXI, una circunstancia casi providencial hizo que le ofrecieran la responsabilidad de restaurar los altares de la Parroquial Mayor.

Casi un siglo antes, el sacerdote dominico R.P. Amadeo Fioggere O.P. había trabajado incansablemente –en compañía de dos ayudantes– para dotar aquel inmenso templo de retablos neogóticos, los mismos que conocimos después. Según el historiador Marín Villafuerte, habían sido erigidos con maderas de las lomas de Pitajones, y estuvieron listos en el año 1912.

Mesa de tapete circular con elementos de taraceados y base en forma de trípode, 2007. Col. privada

Los altares del Padre Fioggere habían sido un hito en la extensa historia de los trabajos en madera que enaltecen el patrimonio material de Trinidad de Cuba. Los robustos techos de alfarje ya habían nacido en el siglo XVIII y en la marquetería de las casonas trinitarias también había quedado desde entonces el testimonio de la maestría y el virtuosismo de carpinteros y ebanistas locales.

En el transcurso de su esplendor económico, serían también manos de trinitarios las encargadas de transformar muebles europeos –destinados a climas bien distantes de los nuestros– y construir muebles criollos, cambiando los tapices por rejillas –frescas como el trópico demandaba– y convirtiendo los ornamentos foráneos en un repertorio de representaciones estilizadas de la flora y la fauna autóctonas.

José Miguel nació en el corazón del Centro Histórico de la ciudad, de manera que seguramente percibió, antes que otra cosa, el edificio del Museo Romántico con todo su mobiliario, así como la Iglesia Parroquial. Esas imágenes perfilaron su espacio vital, y serían el territorio primero de sus exploraciones. Techos, mobiliario y altares se fijarían en su subconsciente como visiones familiares y entrañables.

Cruz con estilo neoclásico, 2021. Calado sobre cedro

De manera que José Miguel aceptó y acometió con audacia inocente la enorme tarea que le pusieron delante. Trabajando sin detenerse se le hizo familiar la madera y así mismo se fue apoderando de las viejas técnicas con que los variadísimos altares habían sido ejecutados, en un meticuloso proceso de «aprender haciendo». El primer desafío había sido vencido.

Terminada con éxito la tarea, sintió que no podía detenerse, y un día del año 2001 se decidió a construir desde cero un objeto «de su propia inspiración». Así construyó su primera repisa, con formas sencillas y elaboración elemental, pero que constituiría una afirmación de su vocación y su talento.

En lo sucesivo continuaría atreviéndose, y atreviéndose en grande. Así surgieron los abanicos, otras múltiples repisas destinadas a los más diversos usos, así un Moisés, esquineros, candelabros, mesas, relojes y mesillas. Cada cual más compleja, más trabajada, de mejor factura. Por ese camino fue consolidándose su destreza, primero en objetos aislados y, al paso del tiempo, dominando la función y buscando cubrir armónicamente las dimensiones del espacio interior. Sin detener la creación y el laboreo, aprendió a vencer los desafíos del tamaño y la complejidad, mientras depuraba la belleza y la sutileza de las piezas.

Cuna mecedora (Moisés), 2009. Premio FIART 2012

Durante estos veinte años ha realizado toda suerte de piezas que despiertan el asombro de las audiencias y que han sido admiradas en ámbitos bien diversos como modelos de elaboración y creatividad.

Todas están construidas a partir de maderas cubanas, tales como cedro, majagua azul, caoba y algún nogal. Muchas, o quizás la mayoría, han surgido del reciclaje de viejas vigas sustituidas en la restauración de las construcciones coloniales.

Para los abanicos ha preferido utilizar el cedro sabino, un árbol típico de las montañas, muy presente en las antiguas piezas recicladas, y que resulta particularmente dócil y suave. El calado y la talla sobre relieve han sido sus técnicas más frecuentes.

Sus creaciones se han exhibido en muestras locales y han recorrido buena parte de la geografía nacional. De esos eventos conserva premios y reconocimientos. En el año 2012, en su primera participación en la Feria Internacional de Artesanía, su lugar de exposición se convirtió en un imán al que todos se precipitaban: en el stand marcado con el nombre Rodríguez Cadalso se enseñoreaba la imagen de un abanico de filigrana de escala inesperada, acompañado de piezas de acabado impecable y de un Moisés o cuna mecedora del más depurado estilo. Estas piezas fueron premiadas, elegidas con toda notoriedad de entre el conjunto de las creaciones de más de doscientos participantes.

Recientemente, la imagen de uno de sus abanicos distinguió la campaña gráfica en ocasión de celebrarse el primer aniversario de la declaración de Trinidad como Ciudad Creativa, por la UNESCO.

Abanico neoclásico, ubicado en la Embajada de Ecuador, 2010

José Miguel Rodríguez Cadalso cumple ya veinte años de trabajo constante y fructífero, mientras se consolida su nombre y sus creaciones como el testimonio vivo de la sólida tradición que heredó de la ciudad de Trinidad.

Su imaginación y la memoria de toda la belleza que lo ha rodeado seguramente encontrarán nuevas maneras de manifestarse en sus años venideros, que esperamos sean muchos.

Habrá que agradecerle por haber dedicado su vida a llenar nuestro entorno con nuevas y asombrosas invenciones. José Miguel Rodríguez Cadalso parece haber nacido para acariciar la madera.


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