La paradoja del hogar


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Visuales Generales de la Exposición, foto Maité Fernández

La paradoja del hogar (Peter Turnley en la Fototeca de Cuba)

Noel Alejandro Nápoles González

Curador y crítico de arte

Sólo podemos contemplar en el exterior

 aquello que poseemos en nuestro interior

Emerson

 

Septiembre de 2019: Peter Turnley está de nuevo en La Habana, y con él, su fotografía. Han transcurrido tres años, apenas tres puntos suspensivos en la línea del tiempo, desde que el Museo Nacional de Bellas Artes acogiera su inolvidable exposición Momentos de la condición humana. Y en septiembre, París-Cuba. Dos islas de mi corazón, que aportó una visión más íntima, como la de un hijo pródigo que retorna. Es que, como nos dice su autor, home is where the heart is (el hogar es donde está el corazón). Curioso contrapunto entre esta definición y el título de la muestra: ¿cómo es posible que el hogar sea, a su vez, el sitio donde dejamos el corazón y algo que queda dentro del corazón mismo?

París y Cuba: una ciudad y un país. ¿Por qué? No hay razón, por profunda que sea, capaz de abarcar los misterios del alma. Por más que la palabra intente construir un mundo paralelo al real, los andamiajes semánticos y sintácticos se revelan particularmente impotentes en cuestiones del espíritu. «En los hombres superficiales», reza una escritura hindú, «el pececillo de los pensamientos provoca mucho ruido; en las mentes oceánicas, las ballenas de la inspiración apenas si dejan estela.» En París, donde alguna vez un rey fue Sol, la ciudad se hizo luz gracias a un siglo inteligente. En Cuba, donde el Sol es rey que abdica al ocaso, la luz se hace ciudad, persiguiendo serpentinas sombras entre columnas. Allá, el relámpago de la Ilustración anunció el trueno de 1789. Acá, el trueno de la montaña alumbró la mente de un pueblo.

Sea en un café parisino o en las calles de  la Isla, donde Peter Turnley pone el ojo, pone la foto. Cada imagen suya es un fotograma de una vida dedicada al testimonio. La memoria histórica está en deuda con este fotógrafo norteamericano, que ha recorrido casi un centenar de países revelando lo hermoso y lo terrible del drama humano. ¿Qué significa que un hombre como él, con una obra de lirismo y fuerza indiscutibles, identifique como sus hogares a Cuba y París? ¿Será que, quien ha recorrido más de noventa países y visto cara a cara los tormentos humanos, sabe reconocer mejor que nadie dónde reina la paz de espíritu?

En esta muestra, todas las fotos son acromáticas. Hay quien piensa que, en la fotografía, el color es como el sonido en el cine, lo que convertiría a la fotografía en blanco y negro en el equivalente del cine mudo. La comparación no es muy acertada, ya que la fotografía en blanco y negro carece de color pero tiene tonos, como la música.

Peter Turnley sabe manejar los equilibrios ocultos y las armonías sutiles, que dan forma a la belleza y nutren el placer de la mirada. Pero lo que me cautiva de su obra es el vuelo poético. Cuando el fotógrafo es más sensible que la película, se vuelve poeta. No basta con capturar la luz: hay que llevar la poesía en el alma y atraparla con un clic, cuando se le descubre afuera. Imagen de luz sobre el oscuro enigma de la existencia humana: ¿qué, sino, es la poesía?

En una de las fotos, la elegancia parisina se asoma a un balcón y, para que podamos admirarla, encarna en una muchacha; en otra, tomada en el Malecón habanero, los pescadores de nubes que dibujan sombras son las sílabas de la esperanza. En la Explanada de Trocadero, con la Torre Eiffel de fondo, alegres parejas bailan un pensamiento triste; por una calle habanera,  de traje y con guitarra, camina de espaldas el ángel de la locura. Allá, en la Isla de Saint Louis, un hombre, sin saberlo, desafía a Platón: la luz dice que está solo; la sombra, que lleva de la mano a un niño. Acá, a la entrada de una modesta casa, un niño que abraza un pan es un verso sin palabras.

Aquí y allá, cada imagen es un iceberg. El autor vive para la humanidad, no de ella. Se involucra con la gente, no se queda al margen. Por eso Peter Turnley parece haber logrado en la fotografía lo que su compatriota Ralph Waldo Emerson consiguió en la filosofía: dignificar al ser humano. De ambos, como de astros, mana luz.

Al borde del Mar Caribe o a las orillas del Sena, habitan los besos, y las parejas sienten la misma necesidad de transgredir límites, de expandir el alma, de volar. La ilusión nos alimenta porque somos un sueño encarnado. En principio, la diferencia entre Chuang Tzu y la mariposa es la misma que media entre un sueño que camina y otro que vuela.

Estimado Peter Turnley: es cierto que el hogar es donde está el corazón, pero también sus fotos enseñan que puede ser algo más intrincado. Cuando el frío nos envuelve, el recuerdo del hogar entibia el alma. Lo lejano materialmente se torna espiritualmente cercano. Entonces comprendemos que el hogar es también lo que queda en el corazón como sedimento más profundo. Así, eventualmente, el sedimento se convierte en isla, como París, como Cuba.

 

 

 


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