Piero Mottola en la XIV Bienal de La Habana: La imagen, el sonido, la emoción, lo antropológico y el algoritmo. (II)


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Voces de la Vida, 2022. Autocorrelador acústico: estímulo acústico automático a 10 emociones con 500 voces de diferentes culturas. Instalación sonora. Museo Nacional de Bellas Artes. Edificio de Arte Universal.

Por: Roberto Medina

Licenciado y Máster en Historia del Arte. Diplomado en Estética por la Universidad de La Habana. Profesor universitario. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Crítico, teórico y ensayista del arte.

 

Fotografías: Maite Fernández

 

El carácter compositivo del arte deja de ser en Mottola un hecho cerrado, para por medio del empleo de algoritmos programar una multiplicidad de combinaciones en un número elevadísimo de posibilidades combinatorias de las sonoridades que hace prácticamente imposible la repetición de una misma estructura compositiva, dadas las combinaciones sonoras que se posibilitan. Esta obra, además de la estructura abierta en el sentido de lo irrepetible de la combinación e intensidad de sonidos, se refuerza y complejiza por la actividad del receptor en cuanto selecciona los estados emocionales a los que se acerca o rechaza escuchar, y por la relación numérica de ordenamiento de las intensidades sonoras que aparecen frente a la palabra indicadora de cada emoción, no situadas en un orden progresivo de intensidad sino combinadas de forma irregular, cuya numeración responde a cifrados de intensidades que el receptor desconoce, siendo imprevisibles los resultados sonoros a los que se ha de enfrentar, aumentando con eso la apertura del nivel informacional de la obra, que hace de la participación del espectador una resultante, obtenida de sensaciones diversas y que va experimentando en sucesión en la medida que transita en el interior del círculo por las emociones que prefiera.

El artista nos sitúa mediante esta aparentemente sencilla instalación a la escucha mediante ese modelo informacional de las sonoridades que son emitidas por la civilización humana en su conjunto, en la medida que representa una imagen del mundo. Panorama múltiple y sorprendente en el cual los receptores que sepan percatarse se acercan a la posición simulada de la que ocuparía Dios a la escucha de las criaturas humanas creadas por él; o el de la posición supra englobante del creador (artista) que en su reflexión intelectiva sobre el mundo sería capaz de escuchar las totalidades sonoras de la realidad al ver moverse bajo él desde una posición cenital a las personas que se aproximan a dichas experiencias. Ambos creadores, Dios y el artista, se sitúan a niveles superiores, capaces de abarcar todo lo existente. En este caso, sería mediante la atenta escucha de las sonoridades emitidas por los pobladores del mundo a nivel cosmopolita a través de este modelo de simulación.

La escala global sería la presentada de manera sintética por la modelación artística que aquí se nos ofrece. Considero que alcanzar ese gran cuadro sonoro de supra-dimensión del mundo es su verdadero propósito artístico y conceptual. De ahí el contraste entre la expresión mínima ofrecida por lo instalativo y la enormidad de su alcance simbólico. Algo que ha sido por siempre el modo y propósito de las grandes concepciones científicas y artísticas; las de ambas ramas cognitivas, pues unas y otras están inspiradas por la grandeza y la sobredimensión de sus trascendencias simbólicas.

Por consiguiente, la obra de Piero Mottola escapa de una valoración simplista o particularizada para ser una esmerada reflexión sobre las posibilidades del entendimiento humano más allá de las acostumbradas estructuras lingüísticas. Se propone alcanzar una nueva idea del arte y de la belleza que sea representativa de este tiempo con un grado de misterio, por vías diferentes a lo que había encontrado la música y el arte hasta este momento. El solo hecho de contemplar el universo de los ruidos como una parte fundamental del universo sonoro de una época, amplía los horizontes de lo artístico cuya dimensión musical ha de expresarse necesariamente de otro modo a lo tradicional.

Ese desbordamiento de los antiguos limites tan definidos que el pensamiento occidental estableció para las formas artísticas —diferenciándolas de modo radical de las consideradas no intencionalmente artísticas—, ha sido puesto agónicamente ante un abismo, en especial desde las primeras décadas del siglo xx, con las experiencias del artista Luigi Russolo, perteneciente al grupo de los futuristas italianos, autor del manifiesto El arte de los ruidos (1913), quien desde esa fecha temprana hizo entrar a los ruidos en el interés compositivo de lo artístico al integrarlos a sonidos musicales con la creación de instrumentos específicos a ese fin para crear y controlar esas sonoridades ruidosas, no pretensiosas de ser creaciones musicales sino de sonoridades más profundas y abstractas, propias de los ruidos ambientes. Ruidos diferentes que según la estética de los futuristas aparecieron con la civilización tecnológica de la máquina y los sistemas de locomoción. Desde entonces, el ruido ha pasado a formar parte de las búsquedas estético-artísticas, expandiendo el campo de lo musical hasta lo insospechable e inimaginable.

Los estudios a fondo sobre la estética del ruido resultaron una disciplina incorporada a lo musical-experimental con las experiencias iniciales del artista Luigi Russolo, retomada y reestructurada desde nuevos principios por el compositor francés Pierre Schaeffer con su creación de la música concreta, quien dio otro golpe contundente a las estéticas normativistas que la Modernidad había legitimado en decididas separaciones de lo artístico. Desde hace mucho tiempo ya, no menos de un siglo, la idea de qué es en esencia el arte, embiste continuos sacudimientos. Mottola forma parte, y de manera muy destacada, de esos nuevos púgiles que lanzan golpes demoledores desde el arte sonoro, estructurado sobre los ruidos de la vida.

¿Cuál será el propósito que mueve a Mottola a realizar esas expediciones científico-creativas sobre lo sonoro, en parajes distantes, culturalmente tan disímiles? Nos atrevemos a lanzar nuestra propia hipótesis, pues es algo no confesado por este artista. Sospechamos que los estudios realizados por el artista a nivel antropológico con las voces de comunidades de culturas muy diferentes guardan un secreto fundamental que creemos poder intuir: el de la búsqueda a nivel sensorial de las correlaciones entre las voces y los sonidos producidos por el hombre, no solo en el presente, según los estados de emoción. Posiblemente su mirada se proyecta hacia sus fundamentos artístico-conceptuales, a esa forma genuina de lo humano formada a partir de la naturaleza, y separada de esta en el proceso civilizatorio. Le asiste, a mi juicio, la inconfesada sospecha de la interrogante generatriz de cómo sería la comunicación en los estadios más primarios del devenir humano y por tanto más cercano a estados de la naturaleza, así como posteriormente de manera sucesiva en la dirección temporal opuesta, en periodos más cercanos a nosotros.

Trayecto enormemente extenso desde los orígenes del lenguaje conformado por una diferenciación de sonidos en estadios muy cercanos a lo natural, en los cuales se fueron formando las relaciones diferenciadas y estabilizadas de sonidos, las intensidades y las cargas emocionales identificadoras y formativas de las bases del lenguaje humano en sus etapas primitivas, mediante la progresiva diferenciación de lo humano respecto a las demás especies animales. Creo que a esas remotas esencias y no solo al arte del presente, remiten las implicaciones reflexivas de las creaciones de Mottola. Es en esa dirección hacia donde prefiero considerarlas. Es hacia esas esencias antiquísimas donde observo apuntan conclusivamente los resultados de las investigaciones sonoras del artista, aunque sus sonoridades remitan al presente histórico más actual como estadio de su observación práctica. Creo que en el fondo su propuesta de modelación tiene un afán superior y más ambicioso que guarda como secreto artístico muy bien oculto, el pretensioso alcance de lo infinito humano, anterior y posterior a este presente.

La grandeza de su visión antropológica está en ese camino que no por gigantesco a uno y otro lado de la flecha del tiempo puede dejar de ser intuido y representado por el poder del pensamiento, trascendiendo la inmediatez conceptual a que tanta crítica de arte se circunscribe, sin ver cuánto de potencialidades heurísticas de mayor envergadura se encuentran inmersas en los modos del hacer artístico de cualquier época y lugar en las diversas culturas existentes hoy, y en las que han existido en el pasado.

Habría de pensarse al respecto cuáles fueron las emociones y las sensaciones primarias del hombre en las fases prehistóricas, de los universos sonoros en los cuales vivieron, imposibles hoy de retrotraerse a ellos salvo mediante hipótesis de sus fases formativas y de desarrollo, acerca de las relaciones entre las sonoridades de la voz humana y los ruidos que habrían ido acompañando sucesivamente con el tiempo a los estadios de los procesos civilizatorios de la humanidad en cada momento de su larguísima historia sobre el mundo en las diferentes regiones, cuyo prolongado devenir se remonta a lo prehistórico, no solo del presente del que parte este artista para incursionar con sus registros, grabados en distintas regiones del planeta, relacionando articulaciones sonoras entre las voces humanas y las creaciones artificiosas producidas por el hombre en cada estadio. Coetáneas unas y otras de modo inseparable al nivel cotidiano del entorno individual y grupal por estadios temporales, asociadas a ciertos estados emocionales que en la media propuesta por Mottola se corresponden con esos diez referidos con anterioridad.

Semejanzas caracterizadoras en lo emocional por encima de la pluralidad lingüística se fueron dando en el suceder de los contactos entre grupos en su avance migratorio por todo el planeta, difundiendo y sistematizando esas conquistas tanto de las diferenciaciones de sonidos identificadores de los grupos humanos como del reconocimiento de notables analogías entre las emociones, a pesar de diferencias culturales muy marcadas. Al ser detectables en todas las culturas los mismos estados emocionales básicos destacan como cualidades humanas universales, aunque matizadas en su expresión por las particularidades de cada cultura.

Debe concedérsele el mérito de ser un artista y un antropólogo de la cultura que reflexiona desde el universo de la sonoridad, encontrando no separación y especificidad en los estados emocionales, sino al contrario, notorias coincidencias de estos estados que permanecen constantes por encima de las diversas culturas. Ese es un aporte decisivo suyo con la proyección de sus investigaciones a un campo expandido como intelectual del arte sonoro.

Podemos ir más allá y encontrar filiaciones muy profundas en los comportamientos de los estados emocionales en diferentes especies animales y observar que también hay una correlación de semejanzas en los estados emocionales entre diversas especies. Y aún más interesante todavía, estos diez estados en el hombre que apunta Mottola pueden observarse también en numerosas especies animales. No son exclusivos del hombre, encontrando coincidencias entre diferentes especies. En especial entre los estados emocionales del hombre y de los animales pues hay un velo cognoscitivo que frena dejar de considerar lo humano como algo superior y peculiar, único de la naturaleza. Somos también seres naturales. Esos estados son una prueba.

Ese basamento en la naturaleza del hombre combina psicología y ciencias del arte. Las implicaciones subyacentes de esa deriva a partir de esa macro-investigación que aporta Mottola al arte contemporáneo, a la estética y a la antropología cultural, creo es algo que resalta su proeza artística, no desligada de la ciencia.

Como lo emocional es el grado sensible en que afecta el orden exterior a los individuos y a los grupos humanos y ha venido estando presente desde los tiempos más remotos, consideramos que la propuesta presentada por Piero Mottola en la XIV Bienal La Habana, al igual que otras presentaciones suyas realizadas en diferentes centros de alto prestigio cultural en otros países, van encaminadas a centrar su atención en el hombre y su lugar como constructor de mundos lógicamente variables, resultado del suceder de los cambios civilizatorios, donde los registros que este artista nos muestra tomados en el presente, apenas representan solo un punto de tránsito de los otros muchos que pudieran modelarse hipotéticamente de los que han tenido lugar en ese decursar de milenios y milenios de la humanidad y de los que le acompañarán en momentos posteriores durante su extenso porvenir, cuyos horizontes pueden alcanzar aun centenares de miles de años. En esa cadena del tiempo se sitúan los alcances de la obra de Mottola como llego yo personalmente a interpretar, evadiendo la interpretación reductora a la descripción física de la instalación y la inmediatez de propósitos e implicaciones conceptuales únicamente al momento actual como de interés artístico.

Esa flecha de la historia está en las claves para pensar a este artista italiano, quien como su antiguo coterráneo Leonardo da Vinci, representó mediante un círculo la posición central del hombre, en su caso mediante la figura humana situada sobre los ejes radiales inscritos dentro del círculo de la circunferencia, siguiendo las ideas del arquitecto Vitrubio, sobresaliente  escritor, ingeniero y tratadista romano del s. I a. C. Por consiguiente, los afanes de intelectualizar la posición ocupada por el hombre como centro del mundo estaban ya en el pensamiento de los antiguos romanos, del renacimiento, de la modernidad y no dejan de mostrarse en el momento actual.

La máxima pretensión estética de Mottola, según nos parece intuir, es lograr el desentrañamiento de un modelo simbólico transhistórico de las emociones en el hombre. Esas cualidades emocionales de un modo mucho más primario se pueden rastrear en las emociones de las especies animales, articuladas de forma semejante al hombre, pues este a pesar de los milenios de avance civilizatorio parece estar en correspondencia y concordancia notable con los instintos y estados emocionales de los animales desde la propia fase animal de las especies homínidas surgidas durante centenares de miles de años. A saber, la calma, la cólera, la alegría, el miedo, el placer, la sorpresa, la tristeza, la agitación y la angustia, que son su punto de partida analítico-artístico. Conforman un basamento natural común que parecen presidir tanto el comportamiento de las especies animales como del hombre, aun cuando este se cree tan distanciado de aquellas por el dominio del lenguaje y la capacidad de construcción de mundos no naturales.

Ese es a mi juicio el secreto, tal vez último de esa secuencia de secretos artísticos en su quehacer, muy bien guardados de desear ser confesados por el propio Piero Mottola. Y el fundamento máximo de sus experimentaciones e investigaciones en relación a los sonidos.


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