Como pocas veces –me atrevería a decir que por primera vez– una obra de arte en Holguín recorre las redes sociales y la vox pópuli –la primera como reflejo y condicionante de la segunda– ...


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Por: Erian Peña Pupo

Como pocas veces –me atrevería a decir que por primera vez– una obra de arte en Holguín recorre las redes sociales y la vox pópuli –la primera como reflejo y condicionante de la segunda– con el ímpetu de un suceso mediático, y produce una lluvia de memes y comentarios de todo tipo. Nadie, o casi nadie, ha estado ajeno a la escultura “Fruto”, pieza del artista holguinero Luis Silva emplazada en la intersección de las calles Maceo y Martí, frente al Centro Provincial de Arte, como parte de la exposición colectiva “Configurando catacumbas (Mundos soñados)”, que integra la 14 edición de la Bienal de La Habana, el más importante evento de las artes visuales en Cuba.

 

La cuestión de si es arte o no ya está zanjada e instaurada legítimamente desde que Duchamp colocó su famoso urinario en una galería neoyorkina. Basta solo con asomarse a la historia del arte contemporáneo, visitar procesos, movimientos, artistas… “Fruto” es una obra conceptual, polisémica, abierta a varios sentidos –lo que Umberto Eco llamó obra “abierta”, con una pluralidad de significados que conviven con un solo significante– que resulta continuidad a la obra “Semilla”, ubicada en el malecón capitalino como parte del espacio “Detrás del muro”, también en la 14 Bienal de La Habana (De la semilla al fruto va la vida que fructifica en una especie de ciclo en espiral).

Esta es una pieza de un artista que articula su corpus creativo sobre el más cuidadoso ensamblaje de materiales convencionales con alternativos, tomados como por azar del campo cubano. Luis Silva parece decirnos que las formas de la naturaleza, a pesar de la intervención humana, siguen rigiéndolo todo. En ellas encuentra inspiración para realizar sus ensamblajes, que atrapan y condensan con pocos elementos diferentes metáforas de la cotidianidad social, sobre todo de la vida campesina, en obras que viajan hacia lo prístino, a lo elemental… sin dejar de ser una puerta abierta al asombro, al disfrute, a la sucesión de interrogantes, que es esencia también de toda obra de arte.

¿Qué no se integra de forma armónica a la ciudad y su centro histórico? No tiene por qué hacerlo… Las intervenciones en espacios públicos –transitoria como esta, que durará aproximadamente un mes y luego será emplazada en otro sitio de la urbe– o las esculturas ambientales que dan cuerpo al ecosistema citadino, mutable por demás, persiguen precisamente romper cierto equilibrio acomodaticio, no solo estructural o arquitectónico, sino también mental, y no ser un elemento más, imperceptible, dentro de un entramado habitual, llano. Aparentes elementos anacrónicos se han integrado a viejas urbes, en un contrapunto entre modernidad y tradición, tan perseguido en esta ciudad –pensemos en las Romerías de Mayo y su evento Babel–, haciéndose parte del paisaje habitual. Recordemos como mero ejemplo, sin hacer ninguna comparación, a los parisinos del siglo XIX, negados a que se levantara la Torre Eiffel en el campo de Marte, y obstinados en desmantelarla poco después, sin imaginar que la inmensa estructura de acero sería no solo el símbolo de una ciudad, París, sino de todo un país, Francia.

El espacio –como en esta obra– potencia significantes, subraya intensiones, objetivos…

¿Falta de técnicas y habilidades? Solo hay que conocer la obra de Silva, lo que se puede hacer con solo traspasar el umbral del Centro Provincial de Arte, donde se exhiben piezas suyas –y de 10 artistas más, reconocidos y jóvenes exponentes de las artes visuales holguineras– como parte del mismo proyecto. La génesis, lo primario, lo elemental, lo aparentemente rústico, dan cuerpo a su propuesta artística. ¿Si la viga de hierro que la mantiene en equilibro no contrasta con la pieza? La viga, como asegura Silva, forma parte del diseño, tiene la función de sostener la piedra y que, al oxidarse con el paso del tiempo, se integre a la misma, que ya posee una pátina de óxido de hierro. O sea, no es un elemento de apoyo, es parte de “Fruto” y debe ir siempre a su lado.

¿Qué no era el momento indicado para emplazarla? ¿Cuál otro? Y así… “Fruto” ha desgranado una sucesión de comentarios, interrogantes, propuestas de cada cual… La pieza ha desarrollado el potencial transformador del arte en su interacción con el público y ha logrado –como aspira precisamente la Bienal– lo que muy pocas otras: no dejar impávido a nadie, desentrañar el “misterio” de la fruta, desgajar en tropel las metáforas y asociaciones, incluso dar cuerda al típico choteo del cubano (dixit Mañach). Leo Steinberg hablaba de nuestra “dieta habitual” de arte y a lo que estamos acostumbrados a consumir como tal… Incluso toca cuestiones que van más allá y se enrumban al mercado, al papel de la institución y los medios en la promoción del quehacer artístico… Estos son temas que también deja en el redil esta obra de Luis Silva, que bien pudiera integrarse, como un elemento más, en la arquitectura de Holguín (ciudad que siempre ha aspirado a ser, diría la poeta, una provincia del universo), sin el temor de –como piensan algunos– tropezar con una piedra/fruto en el camino… Incluso podríamos pensar que la ciudad de Holguín necesita muchas otras obras así, que “enfrenten” con su propuesta al espectador, que lo haga partícipe, lo interrogue.

 

El arte genuino –escribía hace poco el maestro Manuel López Oliva– no es la repetición integral o fragmentada de la apariencia de lo real de modo simplista y sin singularidad expresiva en el lenguaje. Lo sustancial y verdaderamente artístico aporta un modo peculiar y distinto de exteriorizar ideas, vivencias, percepciones y valores. Sin dudas han sido muchos los frutos, y las semillas también, propios de las potencialidades del discurso artístico y su interacción social, que ha dado esta interesante obra de Luis Silva. ¡Bienvenidas posibilidades como esta para subvertir los ritos de nuestra cotidianidad!


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