Sólo un sentido adiós a Teresita


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Aún recuerdo  la primera vez que me encontré con Teresita Crego. Fue en 1967. Estaba yo trabajando como guía del Salón de Mayo de París, en el Pabellón Cuba, cuando una muchachona de rostro lindo y espejuelos, que me recordó enseguida las pinturas de Pedro Pablo Rubens, me interrumpió delante de la versión picassiana de La Meninas, que yo explicaba en ese instante, para emitir un juicio franco: “Picasso a veces juega con las pinturas de otros, se divierte, y hace que uno lo tome como algo muy serio”. Esa idea emitida por ella nunca la olvidaré. A partir de ese momento, el estudiante de artes plásticas de Cubanacán (que era yo) y la graduada en Historia del Arte de la Universidad de La Habana, establecimos diáfana amistad.  Entonces también había conocido a dos que eran muy cercanas a ella, igualmente egresadas de la carrera de Arte creada por Luis de Soto: Margarita Ruíz y la Margarita que rigió durante muchos años el Museo de Arte Colonial.

 

A Teresita Crego se le debe, por un artículo suyo publicado entonces, la designación que fue luego mal usada de “Promoción del 70”. Se trataba de un modo de designar al grupo de graduados de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de ese año 1970,que tenían -con la excepción de dos de ellos- un marcado origen perceptivo vinculado a la condición rural o semi-rural, y al ambiente de ciudades típicas del llamado “interior del país”. Teresita supo captar esa propiedad distintiva de la hornada salida de la enseñanza artística en ese año, que por coincidir en fecha con la realización del Salón 7O, produjo un equívoco conceptual: se nos bautizó a los que ya estábamos graduados en la década del 60 y participamos en ese Salón que pintó de rojo al Museo Nacional de Bellas Artes, como partícipes de la promoción o generación del 70. Pero esto no fue culpa de Teresita, que tuvo acierto en su referida valoración, sino de una simplista interpretación que se extendió a la crítica especializada, la docencia y la museología. Lo cierto es que Teresita vivía conectada a los artistas, se preocupaba por conocernos, emitía juicios propios a veces fuertes y sin miedo, y nos interrogaba.

 Una vez Luis Martínez Pedro, que era un pintor culto y al extremo exigente y hasta drástico, me dijo que Teresita tenía el “don de colocar la punta del cuchillo en el lugar del corte; pero haciéndolo con mucha suavidad”. Luis la estimaba. No olvidé eso que dijo de ella, porque era exactamente así: la Crego tenía una voz baja y aparentemente tierna que proyectaba opiniones afiladas. Por ello era temida por algunos. Sin embargo, muchas veces ella me preguntaba si era justo lo que estaba pensando?. Y es que en su modo de actuar había una suma de pasión y fuerza, de duda y acometida, que ponía de manifiesto la personalidad singular que le caracterizaba.

 Hablábamos de todo. Ella leía mis artículos y ensayos para interrogarme luego acerca de lo que en ellos expresaba, o para cuestionarme. Había entre nosotros un intercambio de ideas y pareceres muy sincero y transparente, como pienso – según me dijo Lezama Lima una vez- que eran los diálogos platónicos acompañados de mesa suculenta. Y como hablo de suculenta, debo recordar esa capacidad para el deleite de dulces y platillos especiales que tuvo Teresita. Cuando la visitaba en su casa con plantas y detalles artesanales, del Vedado, siempre tenía a manos un pequeño manjar para acompañar el café.

 El desarrollo de la Feria Internacional de Artesanía de La Habana (FIART)requirió del concurso de todos los que tuvieran formación e información sobre las artesanías locales e internacionales, populares-tradicionales y modernas. Con tal de darle una sustentación lógica y autóctona a FIART, se organizaron encuentros de naturaleza investigativa, teórica y sobre aspectos de su mercado. En ellos no podía faltar la Crego, porque ya llevaba un tiempo en camino de penetrar los secretos de ese tipo de producción cultural  palpable, con lo cual generó una asignatura para la habanera Escuela universitaria de Historia del Arte. En ella el deseo de saber y de trasmitir lo conocido la llevaban a proyectarse ante los oyentes de una manera peculiar: convertía la charla en una suerte de crónica narrada, donde el dato y las sensaciones que la embargaban solían apretujarse. Pero no hay dudas en cuanto a que a ella – como a Denys Moreno, Lesbia Vent Dumois y Surnai Benítez, entre otros- se le debe bastante de la alta apreciación y hasta compleja axiología que hoy existe, en Cuba, para comprender y evaluar lo específico artesanal.

 En las últimas décadas fueron pocas las veces que  nos encontrábamos Teresita y yo. Ocasionalmente hablábamos por teléfono. Arelys, quien fuera mi primera Asistente y hoy es Especialista Principal de una importante galería de Arte Latinoamericano en Miami, era su alumna; por lo que más de una vez sirvió como vía de comunicación entre la Crego y yo. Cuando decidí retirarme del ejercicio de la Crítica de Arte, para dedicarme a las complejidades prácticas de mi hacer artístico, ella me entendió y lo aplaudió. Sabía las razones. Pero como el tiempo y los medios de transportación no me permitieron, desde entonces, una más constante asistencia a las inauguraciones de exposiciones de arte visual, ello condujo a que prácticamente me desconectara de los diálogos con Teresita. La vida dejó caer un cortinaje de circunstancias y problemas entre ambos. Es así que hoy recibí una fuerte y triste sacudida cuando, al leer un correo de la Presidenta del Consejo Nacional de Artes Plástica, recibí la increíble noticia de que Teresita Crego había fallecido en un silencio que no merece. Sirvan estas anotaciones de prisa como justo reconocimiento a su existencia aportadora.

 

Manuel López Oliva. Julio 17 del 2020


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